La primera vez que oí hablar del método Montessori en mis años de estudiante de Magisterio, pensé que era una de esas corrientes pedagógicas modernas y novedosas, probablemente exportada de algún país escandinavo y creado por un grupo de eruditos de la educación.

Cuál fue mi sorpresa cuando descubrí que es un método centenario proveniente de Italia e impulsado por una mujer, que ni siquiera era maestra o pedagoga ¡ Era médica!, de hecho la primera médica italiana.
Y eso fue solo la primera toma de contacto, lo realmente fascinante vino después, cuando empecé a descubrir realmente en qué se traducía ese método.

Los que no os dediquéis a la docencia tenéis la suerte de haberos ahorrado las horas de estudio de corrientes pedagógicas, teorías y autores con mucha importancia, por supuesto, pero bastante aburridos y en ocasiones enrevesados.

Por ese motivo, para mí el método Montessori fue como un soplo de aire fresco: ¡ Por fin alguien que trabaja con niños y que aporta experiencias reales en el aula! En definitiva, todos los que estamos en contacto con los peques lo que necesitamos es que nos den las claves para conectar con ellos.

Tan sencillo y tan complicado al mismo tiempo.
Y como hay que predicar con el ejemplo, dejo de irme por las ramas, y aquí os dejo para abrir boca en este blog, algunos de los puntos fuertes de Montessori que poco a poco iremos desgranando en sucesivos posts:
Debemos considerar a los niños como personas competentes, capaces de tomar sus propias decisiones.

Es importante observar al niño en su entorno para descubrir sus intereses y necesidades. Eso nos dará las claves de hacia dónde dirigir el aprendizaje.
Crear un microcosmos en el que el material, recursos y mobiliario sea accesible al niño.
Delineación de una escala de períodos sensibles de desarrollo y trabajar en consecuencia.
La importancia de la «mente absorbente”: El fenómeno está caracterizado por la capacidad del niño de repetición de actividades dentro de categorías de períodos sensibles.

Materiales didácticos (científicos) auto-correctivos, con los que el niño va experimentando por él mismo y va corrigiendo sus errores.
Se fomenta la autonomía en todos los sentidos: intelectual, moral, social y emocional.Distribución del aula en áreas de trabajo, o lo que hoy en día llamaríamos, “rincones”.

La naturaleza es una parte clave para el desarrollo del niño tanto a nivel físico, social y psicológico.

¡Buf, casi ná!… Pues mis queridos “mon-tesoros”, en breve nos pondremos manos a la obra para ver cómo ponemos todo esto en marcha.

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